Mensaje del Domund-4: LA FE Y EN ANUNCIO
La fe y el anuncio
El afán de predicar a Cristo nos lleva a leer la historia
para escudriñar los problemas, las aspiraciones y las esperanzas de la
humanidad, que Cristo debe curar, purificar y llenar de su presencia. En
efecto, su mensaje es siempre actual, se introduce en el corazón de la historia
y es capaz de dar una respuesta a las inquietudes más profundas de cada ser
humano.
Por eso la Iglesia debe ser consciente, en todas sus partes, de que “el
inmenso horizonte de la misión de la Iglesia, la complejidad de la situación
actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra
de Dios” (Benedicto XVI, Exhort. apostólica postsinodal Verbum Domini, 97).
Esto exige, ante todo, una renovada adhesión de fe personal y comunitaria en el
Evangelio de Jesucristo, “en un momento de cambio profundo como el que la
humanidad está viviendo” (Carta apostólica Porta fidei, 8).
En efecto, uno de los obstáculos para el impulso de la
evangelización es la crisis de fe, no sólo en el mundo occidental, sino en la
mayoría de la humanidad que, no obstante, tiene hambre y sed de Dios y debe ser
invitada y conducida al pan de vida y al agua viva, como la samaritana que
llega al pozo de Jacob y conversa con Cristo.
Como relata el evangelista Juan,
la historia de esta mujer es particularmente significativa (cf. Jn 4,1-30):
encuentra a Jesús que le pide de beber, luego le habla de una agua nueva, capaz
de saciar la sed para siempre. La mujer al principio no entiende, se queda en
el nivel material, pero el Señor la guía lentamente a emprender un camino de fe
que la lleva a reconocerlo como el Mesías. A este respecto, dice san Agustín:
“después de haber acogido en el corazón a Cristo Señor, ¿qué otra cosa hubiera
podido hacer [esta mujer] si no dejar el cántaro y correr a anunciar la buena
noticia?” (In Ioannis Ev., 15,30).
El encuentro con Cristo como Persona viva,
que colma la sed del corazón, no puede dejar de llevar al deseo de compartir
con otros el gozo de esta presencia y de hacerla conocer, para que todos la
puedan experimentar.
Es necesario renovar el entusiasmo de comunicar la fe para
promover una nueva evangelización de las comunidades y de los países de antigua
tradición cristiana, que están perdiendo la referencia de Dios, de forma que se
pueda redescubrir la alegría de creer.
La preocupación de evangelizar nunca
debe quedar al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del
cristiano, sino que ha de caracterizarla de manera destacada, consciente de ser
destinatario y, al mismo tiempo, misionero del Evangelio.
El punto central del
anuncio sigue siendo el mismo: el Kerigma de Cristo muerto y resucitado para la
salvación del mundo, el Kerigma del amor de Dios, absoluto y total para cada
hombre y para cada mujer, que culmina en el envío del Hijo eterno y unigénito,
el Señor Jesús, quien no rehusó compartir la pobreza de nuestra naturaleza
humana, amándola y rescatándola del pecado y de la muerte mediante el
ofrecimiento de sí mismo en la cruz.
En este designio de amor realizado en Cristo, la fe en Dios
es ante todo un don y un misterio que hemos de acoger en el corazón y en la
vida, y del cuál debemos estar siempre agradecidos al Señor.
Pero la fe es un
don que se nos dado para ser compartido; es un talento recibido para que dé
fruto; es una luz que no debe quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es
el don más importante que se nos ha dado en nuestra existencia y que no podemos
guardarnos para nosotros mismos.



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