2014/11/24

Viaje Misionero alrededor del Mundo: 11-FEFEN (TRUK)



11- Fefen (Truk)
Llegamos a Truk el 2 de diciembre muy de mañana. Antes de las ocho ya entraba en nuestro barco el H. Mancera con órdenes del Sr. Obispo para que desembarcáramos y fuéramos a comer a Fefen. Es esta una isla del archipiélago de Truk.
La lancha iba tripulada por cinco remeros de Morlok, del mismo Lukunor, donde tanto nos desean misionero y nativos: son jóvenes, fuertes, de tez bronceada y movimientos agilísimos.
i Qué trayecto tan precioso el que recorremos ! Una fresca brisa acaricia nuestros rostros, rizando al paso levemente las aguas; a los dos lados de la lancha vamos dejando atrás Toloas, por la derecha, con su bonita ribera de cocoteros altísimos y toda su vegetación exuberante, que no deja un palmo de terreno sin árboles, sin plantas o maleza.
A la izquierda, otra islita menos poblada, con la misma riqueza de flora tropical y el precioso festón de mangle orillándola primorosamente.

Llevamos navegando más de hora y media, cuando vemos una vinta tripulada por tres o cuatro personas que desde lejos nos examinan. En cuanto se dan cuenta de quiénes somos cambian el rumbo y corren hacia la orilla, desembarcando al punto. Momentos después el viento trae hasta nosotras el sonido de un cuerno cada vez más cercano, mientras que, con otro eco semejante, responden desde el bosque como dándose por entendidos de la señal.
Entonces comprendemos que avisan nuestra llegada; por entre los claros que dejan los árboles vemos gente que corre y se apresura por adelantarse a nuestra lancha, trepando cuestas, metiéndose, por entre los zarzales, sin faltar algunos que, por abreviar camino, entran en las canoas que están resguardadas bajo el mangle y las hacen volar al empuje de sus remos. Van todos ellos vestidos, como los de Ponapé, con trajes de colores muy fuertes, abundando el rojo y anaranjado.
Ya estamos en el Oror, nombre que ellos dan al desembarcadero. Este no es otra cosa que una estrecha y muy larga hilera de piedras que, desde la orilla, entra en el mar. En la punta de esta especie de rompeolas, está el H. Casasayas indicando a nuestros remeros por dónde deben entrar la lancha; es que va faltando el agua y ya no podemos avanzar. Para evitarnos la molestia de caminar por encima de las desiguales piedras que forman aquel original desembarcadero, arriman otra lancha, a la que pasamos dos de nosotras. 

Aligerada de peso la otra barca, se meten en el agua los remeros y despacito van llevando las dos lanchas casi a pulso una tras de otra hasta la orilla. En ella está el simpático vecindario de Fefen con su misionero el P. Hernández, cantando la Marcha Real española con letra a la Santísima Virgen en la lengua de Truk. No acertaré a decir lo que el inesperado recibimiento nos conmueve. El pueblo prorrumpe en “vivas”; en este momento se me acerca el rey de la isla dándome la bienvenida en nombre de todos y presentándome una gallina que trae bajo el brazo...

La casa de la Misión está a dos pases del mar. i Qué linda aparece vestida de fresco ramaje que trepa por las ventanas en graciosa enredadera salpicada de campanillas rojas !
La iglesia está en el piso bajo de la casa... reñida con todos los cánones ; pero ¿qué hacer si en estas pobres islas tienen hambre de Dios y los recursos del misionero no alcanzan para levantar la iglesia que hace tiempo está proyectada?... ¡Oh, si en España vieran la choza que Jesús Sacramentado tiene por morada! Si oyeran los relatos del misionero, que, para hacer una pequeña obra en la Casa a fin de que sobre el Sagrario no hubiese habitación, se vió obligado a vender el poco ganado que tenía! Estas hazañas de los heroicos misioneros sólo en el cielo se saben con detalles; nosotros levantamos tan sólo una punta del velo de modestia que las cubre y entierra...

Comemos en casa del misionero, que nos ha preparado mesa abundante. Desde la galería donde estamos se ve una especie de explanada que hay delante, toda llena de gente que ha acampado allí para no perdernos de vista. El recibidor está lleno de niños y hasta de hombres y mujeres sentados en cuclillas en el suelo silenciosamente. A ratos suena la campanilla, y es que viene algún principal de la isla con bananas, piñas y otros parecidos regalos.

 Apenas terminamos de comer, quiere el Padre Misionero llevarnos a un alto que hay cerca de la casa, de vistas preciosas, donde dice tiene él pensado edificar el convento para nuestras Hermanas. Realmente es un sitio encantador: desde él se domina el mar bordado a trechos por pequeñas islas; verdaderos jarrones de palmeras, que hacen olvidar la monotonía de las aguas.
Nos ha seguido todo el pueblo, y al saber que estamos viendo el terreno donde podría edificarse casa para las Madres, todos se muestran gozosos. Comisionado por un grupo de hombres algo apartado de nosotras se acerca un joven y ruega al Padre Misionero me diga que todos están deseando de tenernos en la isla y que nos quedemos con ellos, porque nos querrán mucho y no nos faltará nada... Le contesto que ahora no puede ser, pero que rueguen a Dios para que, si Él quiere, vengamos pronto.
Entonces una mujercita me dice que cuánto mejor es que nos quedemos ahora sin andar yendo y viniendo... i Pobre gente, qué contenta me vería yo si pudiera complaceros!

Marchamos camino del puerto escoltados por los isleños, que van poniéndose tristes según nos acercamos al mar. Cuando, ya dentro de la lancha, les despedimos y el Padre quiere que canten como a la llegada... no pueden; el llanto les impide emitir la voz, saludan con las manos y nosotras correspondemos agitando los pañuelos hasta perderlos de vista.

Vienen con nosotros el P. Hernández y el H. Casasayas, que quieren enseñarnos una capilla donde el Padre viene a celebrar dos veces por semana. Está en la misma isla, pero a mucha distancia; es de techo de nipa, y tan miserable, que en su comparación me parece muy buena la de Fefen.
Dicen que aquí hay muchos protestantes y hasta hace pocos años no había un solo católico.
Desde la iglesia caminamos largo trecho por el bosque, siempre a orillas del mar, disfrutando de un delicioso paisaje y seguidos de la comitiva del pueblo. 

Saludamos al rey, que nos da la mano de una manera inexplicable: junto a su casa hay una choza larga que está destinada a cárcel de las mujeres que no guardan la debida fidelidad a sus maridos. El rey no es católico y vive con dos mujeres. Ya estamos en el desembarcadero; la lancha nos espera para conducirnos al "Ya-wata-Maru", que vemos a lo lejos. ¡Preciosa despedida la del  P. Hernández! "¡Adiós Madres; quiera el Señor que dentro de un año podamos edificar nueva iglesia, y dentro de dos, a lo sumo, tengamos aquí Religiosas!" "Así sea", le digo con todo el alma.

¡Qué hermoso relato de la M. Margarita! Es maestra es describir la belleza de la naturaleza, los sestimientos de las personas y los suyos propios, mirando siempre con los ojos de la fe, y de su vocación misionera! A pesar de conocerlo, emociona el leerlo de nuevo…