Mensaje del DOMUND 2012-2: ECLESIOLOGIA MISIONERA
Eclesiología misionera
Hoy esta visión no ha disminuido, sino que por el contrario,
ha experimentado una fructífera reflexión teológica y pastoral, a la vez que
vuelve con renovada urgencia, ya que ha aumentado enormemente el número de
aquellos que aún no conocen a Cristo: “Los hombres que esperan a Cristo son
todavía un número inmenso”, comentó el beato Juan Pablo II en su encíclica
Redemptoris missio sobre la validez del mandato misionero, y agregaba: “No
podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de hermanos y hermanas,
redimidos también por la Sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de
Dios” (n. 86).
En la proclamación del Año de la Fe, también yo he dicho que Cristo “hoy como ayer, nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra” (Carta apostólica Porta fidei, 7); una proclamación que, como afirmó también el Siervo de Dios Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, “no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado” (n. 5).
Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio.
Así, no sorprende que el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia insistan de modo especial en el mandamiento misionero que Cristo ha confiado a sus discípulos y que debe ser un compromiso de todo el Pueblo de Dios, Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos.
El encargo de anunciar el Evangelio en todas las partes de la tierra pertenece principalmente a los Obispos, primeros responsables de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del colegio episcopal, o como pastores de las iglesias particulares.
Ellos, efectivamente, “han sido consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 63), “mensajeros de la fe, que llevan nuevos discípulos a Cristo” (Ad gentes, 20) y hacen “visible el espíritu y el celo misionero del Pueblo de Dios, para que toda la diócesis se haga misionera” (ibíd., 38).



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