MERCEDARIAS



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Origen de la Merced

San Pedro Nolasco nació en el año 1180 en las Santas Puellas en el sur de Francia. De sus padres recibió una formación cristiana y la profesión de mercader, oficio muy destacado en la Edad Media. Muy pronto emigró a Barcelona, España. 
Allí constató los horrores del cautiverio que sufrían los cristianos en manos de los musulmanes. Fue fundamental su experiencia de mercader para la futura vocación del joven Nolasco.
Ya en 1203 Nolasco emprende el camino de dedicarse al rescate de cautivos cristianos mediante el pago de una suma de dinero. Al principio invierte su propia fortuna en tan laudable empresa de caridad. También por esta fecha se le unen otros generosos jóvenes movidos por el mismo ideal de rescate y redención de cautivos. 

Entre el 1 y 2 de agosto de 1218 Nolasco vivió una experiencia espiritual fundamental para su futuro. En efecto, en aquella noche de silenciosa plegaria como era su costumbre, la Virgen María le inspira que lleve a cabo la fundación de una orden religiosa destinada a la redención de los cristianos cautivos que estaban en peligro de perder su fe.
Para rescatarlos, Nolasco y sus seguidores debían agotar todos los medios y estar dispuestos a quedarse en la cárcel si fuera necesario para salvar la fe de un cautivo.  El 10 de agosto de 1218 la catedral de Barcelona se llenó de fiesta: Nolasco y sus compañeros recibían el hábito blanco de manos del obispo don Berenguer de Palou, quien daba su aprobación oficial a la obra redentora mercedaria. También el Rey Jaime I de Aragón entregó a Nolasco su escudo de armas, distintivo que hasta hoy llevan los miembros de la Familia Mercedaria.

El 17 de enero de 1235 el Papa Gregorio IX aprobó la orden de La Merced, incorporándola plenamente a la vida y misión de la Iglesia Universal. De esta manera, se reconoció el don especial de la redención de los cautivos. 
La obra redentora de Nolasco se consolidó; se realizaron muchas redenciones, cuyo fruto fue la reconquista de la libertad de muchos miles de cautivos. El rescate fue siempre una obra arriesgada y exigió grandes sacrificios. 
Son muchos los mercedarios que soportaron el martirio por causa de la fe.  Esto expresó en el Cuarto voto de Redención, compromiso solemne de dar la vida como Cristo la dio por nosotros, entrega de la propia vida por la libertad del cautiverio.
SAN PEDRO NOLASCO


Nuestra característica como Mercedarias


Todas las Ordenes y Congregaciones religiosas que hay en la Iglesia tienen los tres votos de pobreza, castidad y obediencia que son como la base común y el lazo que a todas hermana; pero siendo iguales en lo esencial, varía tanto las fina­lidades de cada una, que el conjunto de ellas forma el más variado y exquisito ra­millete de este espacioso jardín que es la Iglesia de Dios. Cada una nació a im­pulsos de un anhelo vehemente de su fundador que se propuso llenar algún vacío de la sociedad de su tiempo, alguna apremiante necesidad de la época, que dio origen a una nueva institución.

Nuestro Instituto es de tiempos remotos y nuevo cual ninguno. Tiene su origen en el viejo y añoso tronco Mercedario nacido el siglo XIII al calor de la caridad más heroica que vieron los siglos. Llevaba en sus entrañas el ansia redentora que es la savia de este árbol bendito, única razón de su existencia.

Pasada la oportunidad de redimir cautivos,  cesaron las gestas gloriosas de nuestros antepasados; aquellas proezas de caridad sublime con que, en cumplimiento de su cuarto voto, morían por dar vida a los infelices cautivos... largas listas de mártires (pasan de 1.500). Jesús, Redentor máximo, los coronó en el cielo como a fieles imitadores suyos. 


Ellos dejaron caer en nuestras corazones la semilla fecunda de su celo redentor que, andando el tiempo, había de impulsarnos a seguir sus pasos.
¿De dónde, si no, aquel fuego misionero que empezó a encenderse por los años de 1919 en este apartado convento tan poco relacionado con las gentes? ¿Cómo explicar la rapidez con que creció y se extendió del Colegio al Convento transformando primero el espíritu de las alumnas y encendiendo el corazón de las religiosas en deseos de trabajar por la iglesia con el más vigoroso empuje? ¡Teníamos que ser redentoras!  


Volvimos a Roma los ojos. La mirada del Papa estaba inmóvil y fija en los 1.300 millones que no conocen a  Cristo y su mano, la misma mano de Cristo, señalaba aquella inmensa multitud de hermanos nuestros; Y al decirnos que éstos eran los esclavos que en nuestros tiempos quiere redimir la Iglesia, miramos a Nuestra Madre la Virgen, fundadora de la Orden y ésta nos señalaba a Jesús, pendiente en la Cruz por salvar a todos los hombres, y diríase que sus labios subrayaban esta súplica: «Hijas mías mercedarias, sed corredentoras conmigo». Y de estas tres miradas: a Cristo, a su Madre y a la Iglesia, nació el anhelo irresistible de hacernos misioneras. 

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