Viaje misionero alrededor del Mundo: 8.4-Defendidas del tifón
8.4-Octubre 27 de 1929 (sábado). —La noche ha sido espantable;
silbaba el viento con tanta furia, que parecía poderoso para tumbar el barco,
defendido como está de altísimas montañas. No salimos hoy; las noticias del
tifón son alarmantes y el capitán está resuelto a esperar el tiempo necesario.
Ya que en la bahía la mar parece un lago, decidimos visitar la isla a pesar de
que el tiempo amenaza lluvia. Viene
un gasolinero, repleto de gente, y nos disponemos a bajar a él. iPero, qué
descensión tan notable! Primero había que ponerse de pie en la borda del
"Yawata-Maru", de la que pendía una escala de cuerdas con peldaños de
madera, que se movía incesantemente. Sin incidentes mayores, quedamos en pie en
el gasolinero y de pie tuvimos que continuar porque estaba repleto de gente. En
medio de la bahía cayó un chaparrón de los buenos, y por fin desembarcamos tan
frescos.
La isla está mucho más habitada de lo que parece; tiene calles anchas
llenas de casas bajitas, tiendas y mucho arbolado. En las tiendas se vende de todo:
comestibles,helados, vestidos, sombreros, tarjetas, corales y joyas. Cada una
es un Printemps de París.
La isla
cuenta de tres a cuatro mil habitantes, no cristianos, menos un centenar de protestantes
después de 30 años de trabajo del pastor. Se apellida Fernández y es hijo de
portugués; habla un poco el castellano.
OCTUBRE
28 (domingo). —Seguimos anclados en Futami. Las noticias del tifón no deben
ser muy tranquilizadoras; aumentan las rachas furiosas de viento, y la mar,
fuera de la bahía, debe estar
muy mal
El Sr.
Obispo propone celebrar la fiesta de Cristo Rey. Cómo goza el alma pensando que
del medio del mar se eleva un canto de amor a Jesús. Hijo de Dios.
Hace dos años murió aquí, en Futami, una señora americana, buena
católica. Inmensamente rica, se sintió en su país atacada de la terrible
enfermedad de la lepra y, avergonzada, huyó de allí sin rumbo fijo. Quería
sepultarse en algún lugar solitario, y oyó hablar de este puñado de tierra perdido
en el mar. Trajo consigo sus criados y el médico de cabecera; edificó una
quinta magnífica, y rodeada de cuantas comodidades pudo; llevó con cristiana
resignación la terrible cruz de su enfermedad por espacio de diez años. Al
acercarse la Pascua, llamaba a un sacerdote católico del Japón, el R. P. Bretón
(Mis. Ext.), que reside en Omori, y él le administraba los sacramentos de la
confesión y comunión. Quizás esta señora, desde el cielo, atraerá muchas gracias
sobre la isla que la vió morir. Nosotras oramos para que Jesús sea pronto el
Rey de ella.
La M. Margarita sigue describiendo el tiempo de espera del barco en la Isla de Futami, espera a que pase el tifón. Valientes visitan la isla, bajando por la escalera de cuerdas...y misionera goza en la fiesta de Cristo Rey.



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