Viaje misionero alrededor del Mundo: 6- YOKOHAMA, JAPÓN
YOKOHAMA
23 SEPTIEMBRE DE 1928
El domingo 23, llegamos a Yokohama. Desde la víspera venían
a despedirnos algunos camareros pidiéndonos medallas para sus familias. Cuando
se las distribuía, me daban razón de los hijos que tenían; que su mujer era muy
buena, que el niño pequeño pesaba ya 12 kilos, que los veríamos en Marsella...
Casi todos tienen su familia allí. Unos me enseñaban el retrato de la mujer y
de los niños; otros me traían la última carta que de ellos habían recibido, y
ninguno dejaba de decirme cuándo había hecho o iba a hacer su niño la Primera
Comunión. Para mí fue un rato bueno; me enternecían aquellos hombres de mar,
rudos por una parte y sensibles por otra, con un corazón honrado y bueno, pero
olvidados quizás de Dios Nuestro Señor... Prometí encomendarles en mis
oraciones y me despedí de ellos con pena...
El hermoso puerto de Yokohama está, a la vista ; antes de
llegar a él percibimos en medio del mar una especie de fortaleza destruida por
las sacudidas del terremoto de 1922. Ya llegamos al muelle. No hay en él mucha
gente y esperan al barco con la misma calma e igual silencio que en Kobe. Entre
el grupo principal están el H. Cerda y Naito, el empleado japonés de los
Padres. Suben y se encargan de todos los equipajes, mientras nosotras decimos
los últimos adioses y dejamos el querido "D'Artagnan" después de
haber vivido en él 45 días. Vamos en auto a la estación pero antes hay una
larga parada en Aduanas, donde deben registrar los equipajes.
Yo quedo a la puerta sin salir del coche, contemplando con
una turba de gente que va y viene por la concurridísima calle, sin que se oiga
más ruido que el que produce el calzado de madera que ellos usan: la gueta. Es
un martilleo incesante de pasitos menudos.
Nunca recuerdo haber oído esta notable particularidad del
silencio de sus habitantes; quizá por eso me ha llamado más la atención. Los
vendedores de periódicos y otros artículos, jamás vocean por las calles; tocan
un silbo especial que caracteriza a cada uno y... nada más.
Las hermanas que vuelven de la Aduana me cuentan que los
empleados se han fijado mucho en los libros que traemos, porque inspeccionan
rigurosamente cualquier escrito, a fin de que no entre en el Japón doctrina
alguna bolchevique.
Ya estamos en la estación del ferrocarril eléctrico que ha
de dejarnos en Tokyo. Es un tren de cuatro vagones, muy parecidos en su
interior al ferrocarril Urola; va siempre atestado de viajeros. A cada tres
minutos hay tren de Yokohama a Tokyo; emplea cuarenta y cinco minutos en el
trayecto, y se detiene en cada una de las doce estaciones poco más de sesenta
segundos. Por este motivo es de lo más interesante ver la parada en ellas, pues
como hay tan poco tiempo, los viajeros que han de apearse, están en pie desde
la estación inmediata, y los que montan están alineados junto a la vía para
subir al vagón. En el nuestro viene, casi frente a nosotras, una japonesita
joven, como de unos veinte años.



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