Viaje misionero alrededor del mundo: 6- KOBE, JAPÓN
KOBE, JAPÓN
18 septiembre de 1929
El martes, 18, de nuevo al "D'Artagnan".
Íbamos
todas las hermanas de Carolinas con las tres que salieron a recibirnos en Shanghai, Lola
y el P. Fáber. En el barco, que ya miramos como cosa nuestra, nos
recibieron con cariño.
Dejamos en Shanghai a
la M. Auxilio con las dos jóvenes María Itzíar y Teresita. M. María Begoña
viene hasta Tokyo con M. María Angela Salaverría, para volver a los ocho días
en el mismo "D'Artagnan" y reunirse con ellas en Wuhú...
Un abrazo, dos, cuatro, y suena la campana para abandonar el
barco. bajan todos nuestros amigos emocionados y empiezan los saludos de
despedida desde el muelle. Tarda un buen rato el D’Artagnan en despegar…
Poco a poco nos alejamos: las personas amigas, cada vez más
pequeñas, agitan los pañuelos y los sombreros ¡Adiós, Shanghai, pronto espero
verte de nuevo !
El camino entre Shanghai y Yokohama, sobre todo desde la
entrada del estrecho de Shimonoseki, es algo fantástico, mucho más que la
preciosa entrada de Singapore, que algo se le parece. i Qué islas tan bonitas y
tan microscópicas ! Verdaderas macetas en medio del mar, de formas rarísimas,
con: arbolado muy bello y pequeñas casitas bañándose en la misma costa. El
barco va sorteando probables choques entre peñascos e islas y tiene que
evolucionar constantemente a derecha e izquierda. Un aeroplano rapidísimo pasa
rozando al "D'Artag¬nan" : va un aviador con el brazo extendido
saludándonos .
Llegamos a Kobe, el primer puerto japonés. Aqui los
cargadores, aguardan con calma a que el barco fondee. Nadie grita, nadie
gesticula, ni siquiera parece que hablan. Los empleados para atar las cuerdas de barco,
los vemos llegar montados en bicicleta con vestidos uniformados ; moderados,
silenciosos, entendiéndose por gestos, sin el menor alboroto y confusión.
Despacito, van descargando unas gabarras repletas de cajas
negras ; y poco a poco, como si el muelle fuese un escaparate, las van
colocando abiertas junto a las paredes de los almacenes, de modo que los del
buque pueden cómodamente ver toda la magnífica exposición. Hay collares, ropas,
esterillas, cortinas, petacas, jarrones, mesitas, rinconeras y preciosos
jue¬gos de té con sus estuches, a precios baratísimos. Los marineros del
"D'Artagnan" dejan en aquel muelle la mitad de lo que ganan. Gusto da
mirar sus compras imaginándose el cariño con que en aquellos momentos recuerdan
a su mujer, a sus hijos, para los que llevan recuerdos del más Extremo Oriente.
El P. Fáber sale a enseñar la población a algunas
hermanas; las demás nos quedamos en casa, rodeadas de obreros japoneses que han
subido al barco para prestar sus servicios.
Sobre la mesita plegable que compré en Marsella tengo la
vida de N. S. Jesucristo del P. Vilariño y las meditaciones de Meschler. Los
obreros se ponen en cuclillas para examinar a su gusto las patas de la mesa ;
luego abren despacito los libros con aire de asombro, y acaban por sentarse en
la misma borda, sin agarrarse a nada y de cara a nosotras para contemplarno.
Dejamos a Kobe el 21 a las once de la mañana. iLástima no
poder ver la salida del puerto! A pocos pasos de nuestro "D'Artagnan"
están ocho barcos de guerra americanos, que me hu biera gustado verlos de
cerca. También hay tres grandes transatlánticos que salen tras de nosotros ;
toda su tripulación sube cubierta para vernos marchar.
De Kobe a Yokohama trabamos conversación con un señor de
Macao, agente de la Compañía Messageries, buen católico y alumno de los HH. de
la Doctrina Cristiana.



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