Viaje misionero alrededor del Mundo: 6-EXCURSIÓN POR EL MAR
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| Excursión en Ponapé: foto posterior con las alumnas |
Antes
de abandonar a Ponapé, dimos un paseo en lancha dentro de las rompientes.
Llevábamos el deseo de ver; en un lugar determinado de poca profundidad, cómo
se forman los corales. La tarde era muy calurosa, con un .sol abrasador que
hacía sudar copiosamente dentro de casa; salimos a las dos y media con los
cascos coloniales y paraguas, para mayor prevención.
La
lancha de la Misión se balanceaba en el pequeño desembarcadero que hay junto a
la sierra mecánica, y cinco carolinos vestidos con pantalón y camiseta, nos
aguardan sonrientes. Como apenas hay fondo, no hacen uso de los remos: sale la
lancha empujada por los largos varales que ellos usan en todos los bajos y nos
llevan costeando la isla, que está preciosamente festoneada de mangle.
A
veces, sus ramas forman arcos naturales; graciosas cuevas que sirven de abrigo
a las vintas, o, mejor dicho, de resguardo contra los rayos del sol. Hay
algunas chocitas de pescadores a la misma orilla.
Estamos
en medio de la magnífica bahía: corre un viento agradable, que amengua el terrible
calor, pero nos hace temer que déscomponga nuestros planes. Para ver los
corales, tiene que estar el mar muy en calma; cuando el viento riza su superficie
no es posible ver el lecho en que nacen y crecen como plantas marítimas que el
salitre petrifica... Los remeros bogan con empuje hacia una isla pequeña
que queda frente a Ponapé; de pronto, dejan los remos y hacen Señales para que
miremos al fondo del mar, qué aparece a: nuestra vista realmente maravilloso.
La aguas, del todo tranquilas, dejan ver, con trasparencia limpísima,
a una profundidad de cuatro o seis metros, un verdadero jardín de plantas y
flores nunca vistas: allí, una especie de arbusto con grueso tronco del que
arrancan ramas delgadas y finas de un color lechoso; más lejos, una especie de
rosa de tamaño natural que tiene por pétalos rositas pequeñas de color
anaranjado... A nuestros pies, grandes piedras redondas con una concavidad en
el centro, de las que brotan, como plantas de un macetero, corales bellísimos
.que, nos arrancan gritos de admiración.
Los nativos, de pie en la lancha, buscan algo que nosotras no
vemos... De repente, se .ponen_ dos de ellos unas gafas de buzos y, vestidos
como están, se lanzan con la rapidez de una saeta cada uno a un punto
determinado. Yo no sé el tiempo que los vemos dentro del agua sin apenas
moverse, rectos, de cara al fondo, escogiendo entre unos y otros corales como
si es-tuvieran en tierra... Luego salen jadeantes y se acercan a la lancha
trayendo en la mano, victoriosos, cada uno un precioso coral. Y vuelta a
sumergirse más lejos y en sitios más profundos para arrancar de una y otra
parte los ejemplares que ellos conocen más raros y escogidos. iCómo gozan
cuando ven nuestros ojos de admiración, y con qué gusto se echan de nuevo al
mar!
Así continúan largo rato sin atender a nuestras repetidas
instancias de que no se cansen, porque ya tenemos más piedras de las que
podemos llevar. Por fin, empuñan los remos y, en-papados en agua como están, nos
ofrecen llevarnos a un criadero de tortugas propiedad de un japonés. Está a
corta distancia, y pagamos un buen trecho de mar metiéndose la embarcación por
entre el mangle, que a veces forma una especie de túnel abovedado.
Las tortugas están encerradas en un como lago natural
formado por el mangle y rodeado por una empalizada. A ella se acerca nuestra
lancha, pero nada vemos. Los pescadores de corales se arrojan al lago por
encima de la empalizada y llegan al extremo opuesto del sitio que nosotras
ocupamos. Desde allí bracean y agitan las aguas con el fin de asustar a las
tortugas y obligarlas a pasar junto a nosotras. En efecto: una masa enorme, de
color oscuro, que bien puede tener tres metros de larga, cruza muy ligera
delante de nosotras. Se ven claramente sus patas delanteras moviéndose para nadar;
tras la primera vienen otras que parecen monstruos marinos, verdaderos gigantes
de mar, de increíbles dimensiones.
A la vuelta recorremos el mismo camino y cogemos,' es decir,
cogen los indios, una preciosa estrella de mar de color azul eléctrico.
Volvemos en silencio mirando al fondo de aquellas aguas transparentes que encierran
tesoros de la sabiduría, poder y bondad de Dios Nuestro Señor.
Qué magnifica descripción de la pluma de la M. Margarita! Parece que estamos viendo el fondo del mar y sus bellezas...y qué visión de fe: Volvemos en silencio mirando al fondo de aquellas aguas transparentes que encierran
tesoros de la sabiduría, poder y bondad de Dios Nuestro Señor.



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