Viaje misionero alrededor del Mundo-Cap IX: Saipán- Truk




9.1: LA AVENTURA DE BAJAR EL BARCO PARA IR A SAIPÁN

1929 noviembre 2 (viernes). —Estamos en Saipán. Amanece una mañana espléndida, pero la mar está bastante movida., La isla es relativamente grande, con una montaña al fondo, y el pueblo muy diseminado en, sus flancos y a la orilla del mar. Las casitas, blancas, muy bajas, con el tejado gris, parecen jirones de niebla prendidos entre el verde de las palmeras.
A distancia como de cien metros del puerto cambia por completo el azul del mar en un verde esmeralda lindísimo: allí rompen las olas formando un borde de encaje blanco al tropezar con el arrecife de corales que sale a flor de agua... La bahía, al parecer, está en calma, pero es una calma aparente, porque aseguran los que conocen estos puertos que no hay otro más traidor que el de Saipán; y hoy, añaden, es uno de los malos días para el desembarque.

Pronto tenemos ocasión de comprobarlo: nunca, por muchos años que viva, olvidaré las escenas que he visto. Echan la escala del barco, bastante buena, y se acerca una gabarra a la que han de bajar los pasajeros que quedan en la isla y los que desean visitarla. El "Yawata", fondeado y todo, tiene un movimiento de costado marcadísimo; se acerca la gabarra traída por una ola y, aprovechando el momento de aproximación, saltan a ella desde la escala los más cercanos, ayudados de los valientes y forzudos carolinos que están allí para todo.
Ellos enganchan con largos garfios la gabarra para que no se separe con tanta brusquedad del barco; ellos se meten en el mar hasta la cintura cuando el vaivén es fuerte, y no se separan del costado del buque por si algún pasajero cae al agua. ¡Momento terrible cuando el oleaje, después de haber acercado la barcaza, la arroja en alto como una cáscara de nuez,... llevándola la corriente a muchos metros de distancia! El caerse al mar los pasajeros que entonces intentan saltar a ella, es pequeña desgracia ; lo terrible es que el que allí cae, queda al punto aplastado entre la gabarra y el buque, que tan pronto están juntos y chocando uno con el otro como distanciados entre sí y a mucha diferencia de altura.
Y sin embargo, con ser difícil y hasta espantable esta escena, es incomparablemente peor la que se desarrolla en el otro puente, cerca de popa. Otra gabarra espera allí a los pasajeros, y para bajar a ella, en vez de la escalera real (creo qué así llaman a la escala principal), tienden una 'simple escala de cuerdas con peldaños de estrecha madera, que cae verticalmente de la borda del buque y se adapta por completo a la forma del barco. 
 No sabré describir lo espantoso del salto de cada pasajero. Los hombres lo dan bastante bien con ayuda de los carolinos, que todos la necesitan. Bajan la escala, que oscila terriblemente, y, quedan pendientes del último peldaño viendo a sus pies el abismo del mar. Como quedan de espaldas, no ven cuándo se acerca la gabarra, y tienen que esperar a que los agarren de la cintura y echen al fondo de la barca como un bulto cualquiera.
La descensión de las mujeres, algunas de ellas con sus niños amarrados a la espalda, es indescriptible: vi dos y me faltó valor para seguir mirando. Una de ellas, con el kimono bien ceñido, como ellas lo usan, y las sandalias sujetas tan sólo en el dedo gordo del pie, bajaba trabajosamente; en esto se acercó la gabarra dando un fuerte tumbo, y un fornido japonés que estaba de pie en el borde de la barca, sin poder asirse a parte alguna, la cogió de la cintura con un solo brazo. Ella, que debía 'estar asustadísima, en vez de dejarse llevar, se aferró fuertemente a la cuerda que agarraba con ambas manos. El japonés, desesperado, temiendo que la gabarra se alejase, la agarró con los dos brazos gritando para que se desprendiese de la escala. Con la fuerza del hombre, soltó ella uno de sus brazos en el preciso momento en que un golpe de mar se llevó la gabarra muy lejos dejándola colgada de una sola mano... Gracias a Dios se sostuvo, y exponiéndose mucho el japonés, logró salvarla, dejándola en el fondo de la gabarra, desplomada y como muerta. ¡En cuanto se levantó, palpó el intrincado promontorio de su peinado para ver si estaba, incólume!...

Después de comentadas estas escenas, nos asustaba la perspectiva de un desembarque parecido. Pero ¿quién se resigna a pasar de largo por Saipán sin ver a las queridas Madres que nos esperan ansiosas?... El señor Gobernador de Saipán pone a nuestra disposición el gasolino del Gobierno; los jóvenes chamorros y carolinos que saben vamos a la misión y conocen a la M. María Loreto, se nos acercan como diciéndonos que no tengamos miedo que allí están ellos para llevarnos aunque sea en volandas. Efectivamente, sé colocan unos en la escala y otros en el gasolino y con sumo respeto esperan el momento en que podemos saltar sin casi tocarnos.
Apenas echamos a andar ponemos los ojos en el puerto, que está a 20 minutos del barco, y le vemos lleno de gente que nos aguarda. Todas buscamos entre el compacto grupo los blancos hábitos de nuestras queridas Madres.
¡Cómo se humedecen los ojos y palpita fuerte el corazón cuando las vemos rodeadas de niñas, en el borde mismo de puerto! Querían venir al barco en nuestra busca, pero las han disuadido por lo peligroso del desembarque. 
Agazapadas en el gasolino, queriendo asomar nuestras cabezas por debajo del toldo que nos preserva del terrible sol, oímos a una distancia como de cincuenta metros del muelle el eco dulcísimo de muchas voces cantando el himno Mercedario: "Celeste cual la Reina"... ¡El himno de María Redentora en una isla del Pacífico! Imposible contener las lágrimas; el corazón agradecido se vuelve al Señor para bendecirle por esta merced señalada de haberse escogido a lo más pobre, que somos nosotras, para una obra tan grande.
Atracamos, y yo salto a tierra la primera; no veo nada, porque al punto me estrechan los brazos de mis queridas Hijas y no acertaría a decir más de aquellos felices momentos. 

Qué hermosa descripción hace la M. Margarita de bajar del barco para llegar a la Isla de Saipán, de la Islas Marianas. Qué valentía para atreverse a bajar con las imágenes que está contemplando...Al final tienen un descenso "especial" con la ayuda del Gobierno que agradece a las misioneras el llegar hasta sus Islas. Cómo vibra el corazón de Margarita al oir el himno mercedario y cómo agradece a Dios el haberlas elegido para esta Misión...











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