Viaje misionero alrededor del Mundo 7: Japón 4: Buscando casa



7,4 Buscando casa



SETIEMBRE 29 (sábado). —Salimos a ver dos casas que están deshabitadas por si nos conviene alquilar alguna de ellas; nos acompaña el intérprete del P. Fáber, que es un joven japonés que habla bastante español. No es católico: al llegar a la institución del Santísimo Sacramento, devolvió los libros al Padre diciéndole que no podía creer en aquel misterio. Lo mismo murmuraban los judíos cuando Jesús les habló, "Dura es esta doctrina". 
 

Entramos en un barrio en el que viven japoneses y europeos acomodados. Todas las casas están rodeadas de pequeños jardines, y algunas tienen verdaderos bosques.

La primera casita que vemos desalquilada es de construcción japonesa: tiene una verja de hierro tres o cuatro metros. Antes de la puerta de entrada, y en ese espacio un diminuto jardín. El aspecto de la casa es el de un chalecito con el tejado en forma japonesa. Entramos: dos o tres gradas de piedra nos dejan ya, no en el portal, que no hay, sino en el salón.


 Allí, antes de pisar el pavimento, que está adornado de las famosas esteras con las que está tapizada toda la casa, tenemos que quitar el calzado y ponemos unas chancletas especiales que hay siempre a la puerta. Son de una especie de franela, con suela muy suave de badana o de gruesa franela. Este es el único calzado que usa dentro de casa y el único también que conserva sin rayas ni abolladuras el bonito alfombrado.    


No consiste éste en una estera peor o mejor trabajada y echada en el suelo a guisa de alfombra, no; tejen los constructores de casas con una paja especial una pieza que tiene un tsubo de tamaño.  El tsubo es aquí la medida corriente para superficies, y equivale a dos yardas de largo por una de ancho. Bien cosida, la cubren con la finísima estera color de paja con ancho borde azul oscuro, y fabrican tantas piezas cuantos tsubos tiene la casa. Es lo último que colocan para que no se estropee, y las ponen unas en sentido vertical y horizontalmente otras, bien ajustadas al suelo de modo que ellas sean el verdadero pavimento. Como el grosor de esa alfombra es de ocho o diez centímetros, queda un suelo muelle, que se hunde al ser pisado.

Los japoneses no usan camas, ni mesas, ni sillas; las habitaciones aparecen completamente desnudas. En el blando suelo duermen; en el suelo se sientan para comer, trabajar y leer; por eso se esmeran tanto en que estén limpios y bien cuidados.
En los dormitorios y en el comedor hay unas baldas cubiertas con puertas corredizas ligerísimas, como que aparte del armazón, que es de muy delgada madera, están forradas de un papel apergaminado, pero, al fin, papel.

A este tenor son todos los tabiques de la casa; es decir, no hay un solo tabique: se separan las habitaciones con esa especie de biombo o puerta corrediza de papel. A mí me hacía el efecto de que aquella casa podía yo cargarla sobre mis hombros sin gran esfuerzo... Los techos casi podían alcanzarse con la mano, y los balcones y ventanas parecían hechos para niños menores de cuatro años. Toda la casa tenía cinco habitaciones, un hall pequeñísimo y la cocina. El precio, 180 yen mensuales, de alquiler, o sea 540 pesetas...

Fuimos a otra del mismo tamaño, pero de estilo europeo. Fuimos a pie y, al atravesar una calle muy concurrida y al parecer de gente sencilla, una cuadrilla de niños nos rodeaba y seguía. La casa, muy mona, algo mayor que la otra y más barata; pero encajonada en un callejón sin salida...
 Margarita Maturana, 1929

¿Os imagináis a la M. Margarita buscando una casa, para la comunidad que va a dejar en Tokyo? Pues de todo tiene que hacer...y que bien las describe, parece que las estamos viendo...Los misioneros dejan su tierra y su cultura y adquieren otra, que la hacen suya con alegría...






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