Viaje misionero alrededor del Mundo: 3- EN COLOMBO





 COLOMBO 1928
AGOSTO 27 (lunes). —Empieza a verse tierra de Ceilán. La llegada se anuncia para las diez de la mañana, y a esa hora ya está nuestro barco rodeado de gasolinos, remolcadores y lanchas. El puerto, es grandioso, cual corresponde a la isla de los Encantos, a la joya del Indico... Corno el "D'Artagnan" estará amarrado hasta el anochecer, bajamos a pisar tierra firme para ver de cerca sus maravillas.

Un indio llegó hasta nuestra cabina dispuesto a guiamos a, la ciudad. Vacilamos, pero al fin fuimos tras él, M. María Icíar, M. Teresita, Lola y yo. Salimos en el gasolino de "Messageries", mezcladas con mucha clase de gente... Gracias al indio, pasamos bien la aduana y cambiamos moneda. Nos llevó precipitadamente por una ancha calle y montamos un tranvía. qué gentes, qué peinados! Luego en pus-pus.

El convento del Hospital —de las Franciscanas Misioneras de María— monísimo ; la M. Superiora, austríaca, muy fina y muy culta, respiraba santidad atractiva. Visita a la capilla. y al enorme hospital. El calor, sofocante. La Superiora de la Casa de talleres, valenciana, vino a buscarnos. Visitamos los talleres, muy ordenados; el de la fabricación de hostias, donde elaboran diariamente de ocho a diez mil hostias. La Superiora valenciana, y otra Madre, de Guernica, nos acompañan al "D'Artagnan".

En el barco nos esperan con gran júbilo. Las amables Franciscanas suben hasta el puente y pasan un gran rato con nos-otras. Las despedimos con agradecimiento y algo de pena. Apenas marchan, nos avisan que en una lancha viene al "D'Artagnan" un Padre jesuita. ¿Quién será?... Es el Hermano Emilio López, a quien yo conocí en Bérriz años atrás y que vuelve de Wuhú a España en el "André Lebón".

SINGAPORE
SEPTIEMBRE, 2:
A las siete y media de la mañana, llegamos a Singapore. El paisaje, de lo más nuevo y pintoresco; Diminutas islas de un verde preciosísimo; pueblecitos de pescadores formados en el mismo mar, sobre estacas, al parecer endebles y quebradizas. La entrada, muy estrecha, como si pudiéramos tocarla desde el barco. Por ser ésta la ruta obligada a Oriente y Occidente, cruzamos de continuo con barcos mercantes y numerosos trasatlánticos.

Una religiosa que, al vernos, sube a bordo y nos invita a salir al convento de las Damas de St. Maur. Vamos todas en tres automóviles. El convento es precioso, con jardines llenos de altísimas palmeras. Encontramos en él a cinco españolas, naturales de Burgos. Nos enseñan toda la casa.

La población es tan linda,  que no nos cansamos de admirar sus bellezas. Hay calles estrechas y éstas son propiamente las que forman el barrio indígena ; tiendas bajitas ; puestos de fruta con tejaditos inverosímiles... ; tipos de todas clases, vestidos con variados y fuertes colores ; mahometanos, sacerdotes ; una multitud de lo más variada que imaginarse puede. Los nativos son altos, flexibles y de rostro inteligente y simpático.

Las calles que forman el resto de la población son ideales. Anchas, como las mejores avenidas de las más importantes poblaciones de Europa ; asfaltadas con una perfección asombrosa, se deslizan por ellas los autos y pus-puses como sobre una alfombra tersísima, sin un tumbo ni un tropiezo. A ambos lados de todas las calles, jardines bellísimos con vegetación exuberante y artísticamente cuidados. Los edificios, de arquitectura muy variada, con chalets coquetones de marcado gusto inglés.

Saludamos a un joven de Java que desde el primer momento conocemos que era católico por el cariño y respeto con que nos saluda.

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