En esta celebración de tu Redención
En 1934 se celebró el Año Jubilar de la Redención, y Margarita María, pocos meses antes de su muerte, nos muestra en su oración la profundidad de su alma. Ella nos pone en ambiente de la Pascua que celebramos. ¡Año Jubilar de 1934, yo te saludo!
Señor Jesús,
¿habrá algún redimido que en esta conmemoración de tu Redención, no haya levantado su corazón y sus ojos a ti, pendiente de la cruz, para decirte un gracias filial y reconocido?
¿Habrá algún cristiano, que regenerado por tu sangre y elevado por ti a la dignidad de hijo de Dios, que no haya besado tus llagas, fuentes de nuestra salud?
¿Encontrarás en esta familia redimida por ti, y por ti ennoblecida, un sólo cristiano, que llamándose hijo de tu esposa la Iglesia, no haya pensado, siquiera una vez, extender esa misma Iglesia?
¿habrá algún redimido que en esta conmemoración de tu Redención, no haya levantado su corazón y sus ojos a ti, pendiente de la cruz, para decirte un gracias filial y reconocido?
¿Habrá algún cristiano, que regenerado por tu sangre y elevado por ti a la dignidad de hijo de Dios, que no haya besado tus llagas, fuentes de nuestra salud?
¿Encontrarás en esta familia redimida por ti, y por ti ennoblecida, un sólo cristiano, que llamándose hijo de tu esposa la Iglesia, no haya pensado, siquiera una vez, extender esa misma Iglesia?
Pues bien, Jesús, yo
quiero ofrendarte en este año jubilar:
Mi corazón, que ha de latir sólo por ti, entonando en el secreto de su santuario un himno constante de gratitud a tu Redención.
Mi trabajo, que desde hoy ha de tener una meta única: cristianizarme y cristianizar a mi familia y, en cuanto pueda, a la sociedad.
Mis penas, dificultades, reveses y dolores para que, unidos cada mañana en el mismo cáliz donde se deposita tu sangre de infinito precio, valgan para que la Humanidad entera venga a tu regazo. ¡Adveniat regnum tuum!
Mi corazón, que ha de latir sólo por ti, entonando en el secreto de su santuario un himno constante de gratitud a tu Redención.
Mi trabajo, que desde hoy ha de tener una meta única: cristianizarme y cristianizar a mi familia y, en cuanto pueda, a la sociedad.
Mis penas, dificultades, reveses y dolores para que, unidos cada mañana en el mismo cáliz donde se deposita tu sangre de infinito precio, valgan para que la Humanidad entera venga a tu regazo. ¡Adveniat regnum tuum!
Margarita María Maturana, 1934


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